SALAMINA: Una gran victoria naval.

SALAMINA: Una gran victoria naval

Pongámonos en antecedentes: dejamos a los persas superando el estrecho paso de las Termópilas, por tierra, y Artemiso, por mar. Un ejercito grandioso, bien entrenado y con oficiales profesionales y muy capaces. Una tropa que de manera eficiente estaba sorteando las dificultades que conlleva el abastecimiento con una impecable estructura de vituallas. Una amenaza imparable.

Batalla de Salamina (Imagen de Wikipedia).

Por otro lado, tenemos a los helenos, que se han retirado de la primera línea de defensa pero que no desfallecen en su empeño. Los espartanos y demás ciudades del Peloponeso defienden la entrada a la península en el Istmo de Corinto, tras un muro de seis metros. Un buen sitio, poco franqueable si no fuera… por mar. Los atenienses, bajo los consejos siempre de Temístocles, han abandonado Atenas, dejándola libre para el saqueo asiático. Han interpretado el oráculo lanzado desde Delfos, en el que se aconsejaba confianza el la «muralla de madera», como una clara alusión a la flota que desde hacía unos años se estaba construyendo en la ciudad.

Trirreme griega.

Temístocles, ante los aliados, expuso su plan: presentar batalla en el golfo Sarónico, en el lugar que la isla de Salamina hace de embudo y estrecha el paso hacia la bahía de Eleusis. Esta propuesta tenía un problema: en caso de derrota dejaría al Peloponeso sin fuerzas navales para frenar a los persas en el istmo. No sin problemas, el ateniense logró poner su plan en práctica.

Tras la destrucción de la acrópolis ateniense Jerjes se dispuso a contemplar la derrota de los navíos helenos en aquella ratonera en la que estaban. La isla de Salamina tenía recursos limitados y toda la población del Ática se hallaba ahí, más la tripulación de todos los barcos griegos. Era cuestión de paciencia. Sin embargo, una estratagema de Temístocles hizo pensar al rey persa en una victoria fácil y honorable: le hicieron creer que muchos de los barcos enemigos se iban a retirar, causando defección.

Arquero bactrio al servicio de Persia en traje de campaña. Los arqueros de diversas nacionalidades de Oriente y Escitia, armados con el potente arco compuesto, constituían en principal activo de la infantería persa. A menudo combatían en pelotones de diez hombres, precedidos por uno que portaba un gran escudo rectangular a modo de pavisa.

Las fuerzas que entraron en combate no se conocen al detalle, pues de los más de mil barcos de guerra con los que contaba Jerjes no tuvieron espacio para la confrontación. Los griegos disponían de unas 360 trirremes, la mitad de ellas atenienses, construidas en pocos años y cuya tripulación tuvo que ser entrenada a marchas forzadas.

La victoria sonrió a los helenos. El conocimiento de las corrientes y del tiempo hicieron que partieran con ventaja. Además, la superioridad numérica persa jugó en su contra, no encontrando espacio su flota para maniobrar. En los abordajes, además, se comprobó la eficacia de la infantería griega.

El resultado, en datos fríos, no fue tan desastroso para los persas, aunque la derrota fue clara. Pero la pérdida de naves hizo que el ejército, tan numeroso, viera peligrar su avituallamiento, y la derrota hizo temer que se cortara el paso de regreso a Persia. De esta manera, Jerjes regresó a Persia, dejando una aún grandiosa tropa de trescientos mil soldados que se encargarían de ocupar Grecia.

Un año después, tendrían lugar las definitivas batallas de Mícala y Platea, en donde se pondría fin a la invasión persa de Grecia.

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  • La mayoría de las imágenes pertenecen al la serie de libros de Fernando Quesada publicados lo la Esfera de los Libros.
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