MARATÓN: los persas en Grecia

Corre el año 490 a. C. y el verano está próximo a finalizar. El campamento persa está situado a pie de playa. El griego, en una elevación del terreno próxima, bien protegido para impedir que el ejército contrario pudiera atacar de manera cómoda. Cinco días llevaban en esta disposición con pequeños cambios. Apenas mil quinientos metros los separaban. En un lado, unos nueve mil hoplitas atenienses y mil platenses. Al otro, entorno a los cuarenta mil persas.
Esos persas hace unos días arrasaron Eretria. Algunos atenienses se preguntan si fue estrategia o vergüenza el no haberlos socorrido. O imposibilidad. Esos persas que habían llegado al Ática para hacer lo mismo que hiciesen con Eretria, a causa de la ayuda que brindaron estas dos ciudades a la revuelta jonia unos años atrás, que quiso sacudirse el yugo persa. Aún resuenan en los oídos de muchos atenienses las melosas palabras de Aristágoras de Mileto. También se acuerdan de los espartanos y su prometida ayuda, y de sus malditos escrúpulos a la hora de observar sus fiestas. Y guardan algún pensamiento hacia Hipias, el tirano al que habían expulsado hacía veinte años y que regresaba como amigo de los persas. A Maratón, al mismo lugar donde su padre Pisístrato había desembarcado triunfante y aclamado.
Al sexto día, aprovechando Milcíades su protagonismo, los helenos atacan. Ante la inferioridad, deciden presentar un frente similar al persa y que ocupe el espacio que hay en la playa y que deja alrededor pantanos impracticables. Para ello, tiernen que alargar el centro, «adelgazándolo» en filas de hoplitas; mientras que en los extremos conservan ocho, allí disponen tan sólo cuatro.

-
Hoplita griego de la época de las guerras Médicas (c. 490-470 a. C.) preparándose para la batalla. A su lado aparecen dos escudos hoplitas, cóncavos para poder apoyarlos en el hombro izquierdo. Se aprecia en el interior cómo el escudo no se empuña sino que se embraza, caso único en la Antigüedad, con sus ventajas e inconvenientes… estos últimos apreciables sobre todo si hay que soltar el escudo con prisa para poder huir más ligero.

Hoplita griego de la época de las guerras Médicas (c. 490-470 a. C.) preparándose para la batalla. A su lado aparecen dos escudos hoplitas, cóncavos para poder apoyarlos en el hombro izquierdo. Se aprecia en el interior cómo el escudo no se empuña sino que se embraza, caso único en la Antigüedad, con sus ventajas e inconvenientes… estos últimos apreciables sobre todo si hay que soltar el escudo con prisa para poder huir más ligero.
Para aprovechar el elemento sorpresa y evitar a los afamados arqueros persas, los griegos deben de recorrer a la mayor celeridad ese kilómetro y medio de distancia que les separaba del enemigo. Ligeros al principio, aprietan el paso de la marcha cuando están al alcance de las flechas, para parar y cargar después. Mientras que el frente heleno parece que se desploma, la presión de las alas hace su efecto, aprisionando a los persas que no se pueden desplegar. La confusión que se adueña de los asiáticos es la antesala del pánico y emprenden la fuga. Muchos de ellos caen en los traicioneros pantanos.
Los persas aún conservan su superioridad. Embarcan y ponen rumbo a Atenas, pero sus dilaciones y la rápida llegada de los hoplitas frustrarán sus planes. Esta derrota supondrá un duro golpe, sobre todo en percepción de las fuerzas enfrentadas. Sucederán unos años en donde el imperio persa sufrirá una serie de rebeliones que tardará en sofocar.
Mientras, uno se pregunta qué más, aparte de lo evidente, sintió un hoplita luchando en Maratón. Yo, al menos, me lo preguntaba. Hasta que leí unas palabras de Luis Villalón:

-
La combinación de casco cerrado, gran escudo circular y grebas proporcionaba una buena protección a los hoplitas de la falange, necesaria en un combate cuerpo a cuerpo en formación. Reconstrucción de armas de finales del s. VI o principios del s. V a.C. por la asociación de recreación histórica Athena Promachos. Festival Tarraco Viva, 2006.

La combinación de casco cerrado, gran escudo circular y grebas proporcionaba una buena protección a los hoplitas de la falange, necesaria en un combate cuerpo a cuerpo en formación. Reconstrucción de armas de finales del s. VI o principios del s. V a.C. por la asociación de recreación histórica Athena Promachos. Festival Tarraco Viva, 2006.
«La brisa marina no era suficiente para disipar el aroma a hinojo que se extendía por toda la bahía. El olor a mar era fuerte en la playa, pero apenas unos pasos hacia el interior comenzaba a notarse la empalagosa fragancia; los helenos, que sentían el viento sobre sus caras, notaban cómo se introducía en sus narices y les embotaba todos los sentidos.
» Pero Arístides sólo olía su propio sudor. Pese a estar rodeado de hoplitas que apestaban tanto o más que él, pese a estar saturado el aire que respiraba con la dulce esencia del hinojo, el hijo de Lisímaco sólo podía olerse a sí mismo. El eupátrida nacido en el demos de Alopece y elegido aquel año estratego de la tribu Antióquide, era incapaz de distinguir más olor que el que emanaba de su propio cuerpo.»
Aquí para seguir leyendo el fragmento.
- Esta entrada ha sido creada por Blogs con Histora. La opinión que expone es particular, y puede o no coincidir con la del autor.
- El autor expondrá su opinión, si procede, en forma de comentario a esta entrada o, casi siempre, en la denominada «Ventana del Autor».
- La mayoría de las imágenes pertenecen al la serie de libros de Fernando Quesada publicados lo la Esfera de los Libros.













