CARRAS, O CARRHAE: cuando la gloria llama a la puerta y tú abres la ventana

CARRAS, O CARRHAE: cuando la gloria llama a la puerta y tú abres la ventana

Fecha, año 53 a.C. Lugar, Carras, o Carrhae, siendo más puristas. Hoy toca una de romanos, romanos contra partos, para ser más precisos. Vamos a hablar del intento de conquista del Imperio Parto que llevó a cabo alguien a quien sin duda ustedes conocerán, nuestro amigo Marco Licinio Craso. Y decimos intento porque no pasó de ahí la cosa. No solo no logró el objetivo, sino que se sufrió una derrota de esas que hacen época y que, entre otras cosas, le costó la vida. Pero entremos en materia.

Hacer una introducción histórica como los dioses mandan nos llevaría mucho tiempo, así que la resumiremos comentando de pasada que, por los acuerdos del primer triunvirato, a M. L. Craso le tocó hacerse cargo de las provincias orientales de Roma. Una vez allí, ni corto ni perezoso, y como el cargo concedido no le pareció suficiente, buscó la gloria militar y emprendió una guerra de conquista hacia el único enemigo de la suficiente entidad que en la zona había. Nos referimos, naturalmente, al Imperio Parto. Las fuerzas reunidas para la ocasión eran, en principio, imponentes. Siete legiones, cuatro mil jinetes y un número similar de tropas auxiliares. Y esto, la reunión de ese impresionante aparato militar, fue el tope al que se llegó en cuanto a preparar la campaña. Que así salió como salió.

Marco Licino Creso, Museo de Louvre.

Craso llega a Siria en el 54 a.C. Su viaje no ha estado libre de incidentes; ya desde la salida de Roma, cuando uno de los tribunos de la plebe le despide con una horrible maldición: «prorrumpió en las imprecaciones más horrendas y espantosas, invocando y llamando por sus nombres a unos dioses terribles también y extraños» (Plutarco dixit). El legionario medio era capaz de enfrentarse a muchas cosas, pero maldiciones y augurios desfavorables no estaban entre ellas, así que mal —para la moral— empezaba la cosa, sobre todo cuando tan alegres buenos deseos no tardaron en verse cumplidos durante el viaje —es lo que tiene la superstición: una vez te han maldito, todo lo que salga mal se debe a ello, y se crea así un molesto círculo vicioso difícil de romper—. Que había tormentas —y las hubo—, la maldición. Que se rompía algo —cosa rara en un viaje—, la maldición. Y así sucesivamente. De esta manera se podrán imaginar ustedes el nivel de optimismo de la tropa cuando llegó, por fin, a Siria.

Una vez allí, nuestro protagonista se movió con celeridad, tenemos que reconocerlo. Cruzó el Eúfrates —frontera natural con Partia—, liberó unas cuantas ciudades, puso guarnición en ellas y… se volvió a Siria a pasar el invierno. Todas las fuentes critican este acto con rotundidad, así que nosotros no vamos a ser menos: coges al enemigo desprevenido, comienzas la campaña con buen pie y acto seguido te retiras de vuelta a casa dándole tiempo de sobra para que se prepare en condiciones. Si Craso hubiera aprovechado este tiempo para prepararse a su vez subiendo la moral de las tropas, ejercitándolas, aprendiendo sobre el enemigo al que se iba a enfrentar, etc., la cosa aún habría tenido su lógica. Pero no, para qué. Se pasó el invierno cobrando impuestos alegremente y desoyendo tanto a sus oficiales como a todo aquel que quería advertirle de lo que se iba a encontrar cuando reanudara la ofensiva.

En el 53 a.C. Craso vuelve a cruzar el Eúfrates con la sana intención de llegar a Seleucia. De nuevo, el viaje no pudo comenzar mejor: caen dos rayos en el lugar donde se pensaba levantar el campamento, se necesitan varios hombres para desclavar un estandarte del suelo, por efecto de un viento fortuito una de las águilas de las legiones se gira del todo y queda mirando a Siria, la primera comida que se da a la tropa una vez cruzado el río es a base de lentejas y sal, una comida típicamente funeraria, y al serle entregadas a Craso las entrañas del animal sacrificado para hacer el augurio sobre la campaña que comenzaba, se le cayeron al suelo. De nuevo, la maldición. Y de nuevo, la moral por las nubes —y de nuevo, Plutarco—.  Además, Craso se deja llevar —lo dicen las fuentes, no nos lo inventamos, y no solo Plutarco— por un total exceso de confianza y de orgullo. No hace caso a quien debe, y se fía de quien no debe, así que hace marchar al Ejército a través de un desierto en vez de buscar rutas más favorables aunque más lentas. El viajecito por el desierto termina de hundir la moral de las tropas, más aún cuando se encuentran, al poco de pasar Carrhae y  sin tener ni idea de que estaba allí, con un Ejército parto inferior en número pero compuesto exclusivamente de caballería: arqueros a caballos y los famosos catafractos, blindados —caballo y jinete— de la cabeza a los pies. Y, además, jugando al despiste: en vez de mostrar toda su fuerza desde el principio el parto se desplegó mostrando una parte de las tropas y el resto escondidas detrás. Recordemos que estamos hablando de caballería, que levanta mucho polvo. Y que estamos en una llanura más bien pelada, con lo que se levanta aún más. Así que el truco funcionó y Craso no llegó nunca a saber realmente cuántos enemigos tenía enfrente.

El primer despliegue del ejército romano no fue muy original, pero sí efectivo: desplegó a las legiones en línea con la caballería en los flancos para evitar verse envuelto, pero de buenas a primeras cambió de idea y les hizo formar en cuadro, lo cual en principio podía tener sentido —evitaba aún más la posibilidad de verse envuelto—, pero logrando únicamente convertir al ejército en un magnífico blanco para los arqueros partos. La batalla comenzó con otra jugarreta parta: «al punto se llenó aquel vasto campo de un gran ruido y de una espantosa vocería. Porque los Partos no se incitan a la pelea con trompas o clarines, sino que sobre unos bastones huecos de pieles ponen piezas sonoras de bronce con las que mueven ruido, y el que causan tiene no sé qué de ronco y terrible, como si fuera una mezcla del rugido de las fieras y del estampido del trueno» (Plutarco, Vidas paralelas. Vida de Craso, XXIII). Conclusión, el poco ánimo que quedaba en el ejército romano se quebró del todo, máxime cuando comprendieron la táctica del enemigo: usar la caballería pesada para mantener a raya a las legiones —sin llegar al enfrentamiento directo— mientras los arqueros disparaban alegremente una y otra vez. Y dispararon mucho, porque en la retaguardia tenían una caravana de camellos cargados de flechas: cuando un arquero terminaba su munición, se iba para allí, se volvía a cargar de flechas, y volvía como quien no quiere la cosa a seguir disparándolas. Publio Licinio Craso, hijo de Marco Licinio, dirigió una carga al frente de mil trescientos jinetes y ocho cohortes de infantería con la misión de atraer a los partos al combate y tratar de cambiar el signo de la batalla, pero sin resultado: los partos se retiraron y cuando tuvieron a este contingente a la suficiente distancia del grueso del Ejército romano, se volvieron contra él y lo exterminaron. Para cuando Craso padre trató de ayudar a Craso hijo vio cómo se acercaban a su posición unos partos que traían, ensartada en una lanza, la cabeza de Publio. La batalla duró todo el día y todo el día se repitió el mismo guion: los romanos no lograban llegar al combate cuerpo a cuerpo —los desesperados que lo intentaban morían rápidamente alanceados por los catafractos— mientras los partos iban diezmando a flechazos, lenta pero metódicamente, al Ejército de Craso.

Llegó la noche y se detuvo la matanza. Los partos, fieles a sus costumbres, se replegaron —de noche se apunta mal—, y en el campo romano se celebró un consejo. Conclusión, la única posible. Retirada hacia Carrhae dejando atrás a los heridos —unos cuatro mil— que no podían moverse, heridos que al día siguiente fueron metódicamente asesinados por los persas. La retirada nocturna comenzó en buen orden, pero ya sabemos lo que suele pasar en estos casos y el buen orden pronto se desbarató y la retirada se hizo bastante más desordenada, momento que aprovecharon ciertos destacamentos romanos para tomar las de Villadiego y tratar de llegar a Siria por su cuenta, aventura que lograron unos con mayor fortuna que otros. A la mañana siguiente, el Ejército, ya en Carrhae, vio como les daba alcance la caballería parta. No habían logrado despistar a sus perseguidores y se decidió continuar la retirada esa misma noche.

Como hemos visto hasta ahora, no se puede decir que Craso hubiera tenido, hasta el momento, muy buen ojo a la hora de tomar decisiones, y esta no iba a ser una excepción. Tomó de guía a un tal Andrómaco, personaje este que decía saber mucho de rutas y caminos por los que hacer segura la retirada del Ejército. Lo malo es que el sujeto en cuestión era realmente un espía al servicio de los partos, así que su concepto de lo que era una «retirada segura» dejaba un tanto que desear, como veremos a continuación. No todos los romanos se fiaron, no obstante, del amigo Andrómaco, y varios aprovecharon la nueva retirada para tratar, de nuevo, de volver a Siria por su cuenta. Entre los que lo lograron estaba un tal Cayo Casio Longino que más tarde tendría algo que ver con el asesinato de César. Pero como esta es otra historia, la aparcamos aquí y seguimos con la retirada. Andrómaco guió al Ejército hacia el noroeste, tratando de llegar a las montañas, donde sería mucho menos efectiva la caballería parta. En principio la cosa fue bien, y se llegó a pensar que habían despistado a los perseguidores. Craso —permítanme el chiste— error.

Estatua en bronce, posiblemente representa al general Surena. Museo Nacional de Irán.

Andrómaco les guió dando una y mil vueltas hasta un terreno pantanoso cruzado por mil acequias donde, de nuevo, les dieron caza los partos. Comenzó así una nueva batalla cuyo desenlace era, como poco, incierto. Los romanos formaron sobre una elevación del terreno que les ofrecía cierta protección y fueron resistiendo mal que bien las acometidas de los partos. El general de estos últimos, Surena, viendo que la cosa no iba a ser tan rápida como deseaba, cambio de táctica y se ofreció a parlamentar ofreciendo buenas condiciones si llegaban a un acuerdo de paz. Craso no las tenía todas consigo y no se fiaba del parto, pero su ejército estaba más bien cansado y amenazó con amotinarse si se negaba a negociar. Ante la disyuntiva —si no lo mataban los partos, a lo mejor lo hacían sus propios hombres— Craso eligió lo más honroso y se dirigió hacia donde le esperaba Surena. Por una vez, Craso acertó: era una trampa, tras un breve enfrentamiento él y varios de los oficiales que le acompañaban murieron a manos de los partos. La suerte del resto del ejército fue variada. Diez mil se rindieron, y el resto trato de escabullirse por la noche intentando escaparse. De nuevo, algunos lo lograron mientras los otros murieron de una forma u otra por el camino.

Así terminó la primera intentona romana de conquistar Partia. Resultado: siete legiones perdidas, y la práctica indefensión de Siria ante una invasión que, afortunadamente, no se produjo hasta un tiempo después, cuando ya se habían podido formar dos legiones con los supervivientes del desastre y se habían fortificado adecuadamente las ciudades. La invasión parta resultó ser una curiosa copia de la romana: tras un inicio prometedor —la destrucción del Ejército de Craso en este caso— se dejó pasar el tiempo suficiente como para que el contrario se preparara convenientemente. Eso en cuento los resultados a corto plazo. A medio plazo, la muerte de Craso rompió el eje vertebrador del triunvirato y dejó, frente a frente, a un César y un Pompeyo que pronto se dirían más que palabras, pero eso es ya otra historia.

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  • La mayoría de las imágenes pertenecen al la serie de libros de Fernando Quesada publicados lo la Esfera de los Libros.
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