AMPURIAS, el desembarco de Rosas. Los romanos en Hispania.

Hablamos en una anterior entrada del asedio de Sagunto, a la postre mecha que incendió el polvorín que no habían resuelto púnicos y romanos tras la primera de las guerras que les enfrentó. Ya adelantamos que tras el anuncio del Senado declarando la guerra, Aníbal partió hacia Italia con un fuerte contingente que, tras el trayecto y diversas escaramuzas, quedó reducido a 20.000 infantes, 6.000 jinetes y unas tres docenas de elefantes.

Jinete ibérico como los que pudieron luchar a finales del s. III contra Roma. Sin silla de montar o estribo, su estabilidad era limitada. Estos hombres arrojaban jabalinas y hostigaban al enemigo; a menudo combatían a pie, y, como demuestra el caso de las batallas libradas por Indíbil y Mandonio, su manejo táctico era torpe.

El caso es que los romanos habían preparado la guerra de forma similar, lejos de Italia, pero la lentitud con la que desarrollaron los planes en relación a Aníbal hizo que todas las miradas se pusieran en suelo itálico y se paralizaran muchas de las operaciones previstas.

No obstante Publio Cornelio Escipión era consciente de la importancia que tenía enviar tropas a Hispania, una ofensiva directa a los pulmones del imperio púnico, al lugar de donde procedía un ilimitado número de combatientes y muchos de sus recursos. Así mandó a su hermano Cneo con dos legiones a la zona más proclive para sus intereses, a la catalana, en donde los cartagineses aún no habían asentado su dominio por completo (la estructura ibera, tan fragmentada, tampoco era dada a un dominio efectivo seguro, ni siquiera cuando se asentaron las tropas romanas y ejercieron una efectiva diplomacia).

A partir de finales del s. III a.C. los Celtíberos e Iberos pasaron a formar parte de los ejércitos de Cartago y enseguida de los de Roma, como aliados, auxiliares o mercenarios. En este momento se introdujeron nuevas armas defensivas, como el escudo oval de origen mediterráneo, no galo, y el casco itálico de bronce de tipo Montefortino, aunque los peninsulares solían retirar las carrilleras. Este veterano curtido porta estas nuevas armas, pero también una espada celtibérica derivada de la gala de La Tène, que a su vez sería imitada por los romanos. El color de la túnica y sus vivos rojos son los que describe Livio en el contexto de la batalla de Cannas.

El primero de los encuentros armados entre los bandos se produjo en Cesse, ciudad que luego se llamaría Tarraco, entre Cneo y Hannón, con buenos resultados para los romanos, quienes afirmaron su base en la península ibérica y mezclaron los contactos diplomáticos y las acciones guerreras contra los indígenas, sobre todo contra los ilergetes, una poderosa tribu aliada de los púnicos.

Al año siguiente, las legiones de Cneo, ya con unas cuantas tropas iberas, tan necesarias en mayor número para sus necesidades, y con apoyo de la aplastante superioridad romana en el mar, iniciaron unas operaciones en la desembocadura del Ebro con éxito, pero que no aprovecharon, pues las intenciones eran, de momento, conservadoras.

No fue hasta la llegada del hermano de Cneo, Publio, que tomaron nuevos bríos las tropas latinas. Tras solventar una serie de inconvenientes con los turdetanos, una importante fuerza púnica al mando de Asdrúbal se disponía a cruzar el Ebro y los Pirineos para unirse a las tropas de Aníbal. Los escisiones, entonces, le salieron al paso y lograron una importante victoria, que debilitaba a Aníbal y les dejaba expedito el camino para desestabilizar la zona de más importancia para los intereses de Cartago, sobre todo la del valle del Guadalquivir. Desde África vieron esto con mucha preocupación, y dejaron a Aníbal a su suerte para intentar frenar la sangría que prometía ser Iberia. Pero los romanos, conscientes de su inferioridad, se centraron de nuevo en razzias diversas, ataques sorpresa y acciones diplomáticas, no arriesgándose a un enfrentamiento abierto. De esta manera conquistaron, en el 212 a. C, Sagunto.

El nordeste de la Península Ibérica con los principales pueblos en época de Indíbil y Mandonio (c. 209-205 a.C.) y las campañas de Catón (196-194 a.C.).

Pero un año después, Publio y Cneo Cornelio encontrarían la muerte en una serie de batallas que se produjeron en el sur, en el alto Guadalquivir, la de Cástulo y Llorda, aunque su emplazamiento exacto no se conoce con exactitud. En estas batallas, el protagonismo de los efectivos indígenas parece haber sido grande. De resaltar es la contención que hicieron los ilergetes de Indíbil frente a la superioridad romana en un tramo intermedio de la contienda. Todo esto es excelentemente narrado en el libro de Fernando Quesada, Armas de la antigua Iberia. En todo caso, la victoria púnica no fue bien aprovechada, o bien el resto de las legiones se atrincheró bien en territorio amigo esperando refuerzos. El caso es que estos no tardaron mucho en llegar, al mando de Claudio Nerón. Pero esto ya se contará en la entrada de Cartago Nova.

Tags Publicado bajo Batallas por BcH

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